Entre noviembre y diciembre de 2004 estuve tres veces en Antigua. Mi viaje a Guatemala arranca de mucho antes. A los 21 años – actualmente tengo 47-, Alero, la revista de la Universidad de San Carlos publico mis poemas y seguí en contacto con ellos por varios años. Recuerdo que recibía en Buenos Aires cada ejemplar de ALERO con euforia y devoción. A cambio de mi trabajo literario me giraban un cheque de un valor en quetzales -moneda-pájaro sagrado, convertido a dólar.

Por aquel entonces comenzaba a estudiar mi segunda carrera: Historia y Letras en la Universidad del Salvador de Buenos Aires, y hablaba con mis compañeros de la facultad de Guatemala, no como de un país real sino del paisaje-paraíso imaginado, que solo muchos años después conocí: volcán, serpiente, Usumacinta, jaguar, elote, Antigua, Atitlán.
La tercera vez que estuve en Antigua, la última vez, volví a cambiar mis traveller cheks en el banco que esta justo frente a la plaza mayor de la ciudad. Lo curioso fue que la empleada que me atendió, al ver mi firma estampada en el papel sonrió y me dijo: “usted ya estuvo aquí…verdad”. Quiere decir que, cuatro semanas después de mi primera visita y, por supuesto, de haber concurrido a la misma entidad, ella recordaba mi grafía en un simple cheque de viajero. Eso me sorprendió muchísimo. Fue el toque que me faltaba, para sentirme en el país como quien dice, “entre nosotros” y en mi propia casa.
Hablar aquí de la hospitalidad y el carisma del guatemalteco y, sobre todo, del nativo que vive en los pueblos y comarcas es un hecho por demás conocido y que muestra a las claras, como son las mujeres y los hombres de esta etnia: tiernos y dulzones como granos de maíz; amplios y puros de corazón y espíritu, como los cuatro puntos de la cruz maya; generosos y amables, si van a comprar y vender productos y mercancías en los alucinantes mercados del país.
Mis últimos días en Antigua son ahora el tema de estas palabras que escribo. Y esto que escribo es bicéfalo. Por un lado, sentí una nostálgica alegría en la luz; en el fantasma que ronda sus muros desnudos; en el claroscuro de sus iglesias y edificios fragmentados y semidestruidos, más de una vez, por terremotos e inundaciones.
En Guatemala sentí también rozar la piel de América Profunda, en cada voz y en cada tono; en cada mirada y en cada silencio; gestos antiguos y verdaderos de los dioses de la lluvia, del trueno y del viento, rondándome cerca, todo el tiempo. De día y de noche sentí eso.
Hoy vi de nuevo mis fotos en las calles y en los mercados de Chichicastenango, Panajashel y San Pedro y Santiago Atitlan, que reeditan ampliamente, los que recorrí en mis viajes al Cuzco y Puno, en Perú, y los de La Paz y Oruro, Bolivia. Hoy tengo el gesto de los artesanos impreso en un lugar, que no podría llamar memoria. Creo mejor, que los llevo en mis manos y en mis labios, porque siempre me acerco y hablo muy poco, para no quebrar el tiempo y el espacio de una intimidad –la que logran plasmar en sus obras-, que no deseo perturbar con halagos de ocasión.
A todo esto, decía que lo que escribo es bicéfalo, porque en Antigua hubiese esperado encontrar un mercado activo, viviente y a cielo abierto, pleno de reminiscencias prehispánicas. Pero no fue así.
En la plaza central, o en una de las tantas que recorrí a pie, de lado a lado de la ciudad, bajo sus recovas, o frente al arco de Santa Catalina, no halle a nadie, como en otros pueblos del interior, desarrollando, una o dos veces a la semana, la actividad comercial que los caracteriza.
Además, me llamo la atención que vendedores artesanos, solo lo hacían en los zaguanes de las casas y con el sigilo de quienes tienen que esconderse de algo o de alguien.
Por que, me pregunto, no existe una ley comunal en Antigua, que rija y otorgue un espacio histórico a quienes con sincero orgullo me hicieron sentir “como en mi casa” todos los días que estuve allí, para que entonces puedan exhibir habitualmente sus productos y artesanías nativas.
Sabemos que el “color local” esta disuelto en cada uno de los diseños y piezas etnográficas que ellos realizan, y ese”color local“merece un espacio digno de una ciudad que, por todo, fue declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO.
Hoy hace falta abrir el debate sobre una legislación, que permita al nativo descendiente de aborígenes autóctonos seguir imaginando y creando y recreando su mundo, en cada objeto que llega a nuestras manos, como un legado verdadero de sus antepasados de raza..
En necesario recordar que los diseños precolombinos no son meros elementos decorativos sino signos de indudable contenido simbólico en los que el mensaje participa de un hecho: la representación en el tiempo de un legado anímico e intelectual que nos llega hasta hoy, con un significado y un valor altamente comunicativo, en procura de hacer contacto con la energía de los antiguos. Es por eso, que el hacedor encarna en cada objeto el sentido de lo que expresivamente sucedió en su cultura, y lo plasma a través de hechos concretos, tan vivos como lo son su lengua y su religión, que perduran en el tiempo, e integradas a una misma e infinita cosmovisión de la existencia. Por ultimo, en las múltiples seriaciones de las piezas están presentes además, todos los elementos de una misma identidad cultural.
Por eso llamo bicéfalo a lo que escribo: hace falta una mirada mucho mas profunda del hecho cotidiano –ya no del pasado ancestral- sino del aquí y ahora, de quienes tienen que resolver lo inmediato con una mirada en lo necesario y actual de la vida.
Antigua, no debe postergar el legado de su origen. Su legado está enclavado y late antes que su nacimiento hispánico. Y anda aun descalzo en los hijos de la tierra que habitan Mesoamérica, mucho antes de la tardía mirada de España y occidente.
Como viajeros estudiosos de su cultura, no aspiramos solamente a palpitar el ensueño colonial de sus calles y monumentos. Queremos ver a Antigua, al mismo tiempo, humeante de copal e incienso, humedecida en pétalos de flores por sus antiguos habitantes, ardiendo cirios de unidad bicéfala, tomando la intemperie entre las manos. Antes. De otra manera; porque el antes le devolverá el hacer y el obrar, en la emoción y el saber de sus hijos naturales. A la luz del día y de la noche.