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Guatemala profunda

Viernes, Agosto 14th, 2009

 

Entre noviembre y diciembre de 2004 estuve tres veces en Antigua. Mi viaje a Guatemala arranca de mucho antes. A los 21 años – actualmente tengo 47-, Alero, la revista de la Universidad de San Carlos publico mis poemas y seguí en contacto con ellos por varios años. Recuerdo que recibía en Buenos Aires cada ejemplar de ALERO con euforia y devoción. A cambio de mi trabajo literario me giraban un cheque de un valor en quetzales -moneda-pájaro sagrado, convertido a dólar.

 

 

Por aquel entonces comenzaba a estudiar mi segunda carrera: Historia y Letras en  la Universidad del Salvador de  Buenos Aires, y hablaba  con mis compañeros de la  facultad de Guatemala, no como de un país real sino  del paisaje-paraíso imaginado, que solo muchos años después conocí: volcán, serpiente, Usumacinta, jaguar, elote, Antigua, Atitlán.

La tercera vez que estuve en Antigua, la última vez, volví a cambiar mis traveller cheks en el banco que esta justo frente a la  plaza mayor de la ciudad. Lo curioso fue que la empleada que me atendió, al ver mi firma estampada en el papel sonrió y me dijo: “usted ya estuvo aquí…verdad”. Quiere decir que, cuatro semanas después de mi primera visita y, por supuesto, de haber concurrido a la misma entidad, ella recordaba mi grafía en un simple cheque de viajero. Eso me sorprendió muchísimo. Fue el toque que me faltaba, para sentirme en el país como quien dice, “entre nosotros” y en mi propia casa.

 

Hablar aquí de la hospitalidad y el carisma del guatemalteco y, sobre todo, del nativo que vive en los pueblos y comarcas  es un hecho por demás conocido y que muestra a las claras, como son las mujeres y los hombres de esta etnia: tiernos y dulzones como  granos de maíz; amplios y puros de corazón y espíritu, como los cuatro puntos de la cruz maya; generosos y  amables, si van a comprar y vender productos y mercancías en  los alucinantes mercados  del  país.

Mis últimos días en Antigua son ahora el tema de estas palabras que escribo. Y esto que escribo es bicéfalo. Por un lado, sentí una nostálgica alegría en la luz; en el fantasma que ronda sus muros desnudos; en el claroscuro de sus  iglesias y edificios fragmentados y semidestruidos, más de una vez, por terremotos  e inundaciones.

 

En Guatemala  sentí también  rozar  la piel de América Profunda,  en cada voz y en cada tono; en cada mirada y en cada silencio; gestos antiguos y verdaderos  de los  dioses de la lluvia, del trueno y del viento, rondándome cerca, todo el tiempo. De día y de noche sentí eso.

Hoy vi de nuevo mis fotos en las calles y en los mercados de Chichicastenango, Panajashel y San Pedro y Santiago Atitlan, que reeditan ampliamente,   los que recorrí en mis viajes al Cuzco y  Puno, en Perú, y  los de  La Paz y  Oruro,  Bolivia. Hoy tengo el gesto de los artesanos impreso en un lugar, que no podría llamar memoria. Creo mejor, que los  llevo en mis manos  y en mis labios, porque siempre me acerco y  hablo muy poco, para no quebrar el tiempo y el espacio de una intimidad –la que logran plasmar en sus obras-, que no deseo perturbar  con  halagos de ocasión.

A todo esto, decía que lo que escribo es bicéfalo, porque en Antigua  hubiese  esperado encontrar un  mercado activo, viviente y a cielo abierto, pleno de reminiscencias prehispánicas. Pero  no fue así.

 

En la plaza central, o en una de las tantas que recorrí a pie, de lado  a lado de la ciudad, bajo sus recovas, o frente al arco de  Santa Catalina, no halle a nadie, como en otros pueblos del interior, desarrollando, una o dos veces a la semana, la actividad comercial  que los caracteriza.

Además, me llamo  la atención que  vendedores  artesanos,  solo lo hacían en los  zaguanes de las casas y  con el sigilo de quienes tienen que esconderse de algo o de alguien.

Por que, me pregunto, no existe una  ley comunal en  Antigua, que rija y otorgue un espacio histórico a  quienes con sincero orgullo me hicieron sentir “como en mi casa”  todos  los días que estuve allí, para que entonces puedan exhibir habitualmente sus productos y artesanías nativas.

Sabemos que el “color local”  esta disuelto en cada uno de  los diseños y piezas etnográficas que ellos realizan, y ese”color local“merece un espacio digno de una  ciudad que, por todo, fue declarada patrimonio  de la humanidad  por la UNESCO.         


Hoy  hace  falta abrir el debate sobre una legislación,  que  permita al nativo descendiente  de aborígenes  autóctonos seguir  imaginando y creando y recreando su mundo, en cada objeto que llega a nuestras manos, como un  legado verdadero de sus antepasados de raza..


En necesario recordar que los  diseños precolombinos no son meros elementos decorativos  sino signos de indudable contenido simbólico  en  los que el mensaje participa de un hecho: la representación en el tiempo  de  un legado  anímico e intelectual que nos llega  hasta hoy, con un significado y un valor altamente comunicativo, en procura de hacer contacto con  la energía de los antiguos. Es por eso, que el hacedor  encarna en cada objeto  el sentido  de lo que e
xpresivamente sucedió en su  cultura, y lo  plasma a través de  hechos concretos,  tan vivos como lo son su lengua y su religión, que perduran  en el tiempo, e integradas a una  misma  e infinita cosmovisión de la existencia. Por ultimo,  en las múltiples  seriaciones de las piezas están  presentes  además,  todos los elementos  de una misma identidad cultural.


Por eso llamo bicéfalo a lo que escribo: hace falta una mirada mucho  mas profunda  del  hecho  cotidiano –ya no del pasado ancestral- sino del  aquí  y  ahora,  de quienes   tienen que  resolver lo inmediato con una mirada  en lo necesario y actual de la vida. 


Antigua, no debe postergar el  legado de su  origen. Su legado está enclavado y  late antes que su  nacimiento hispánico. Y anda aun descalzo en  los hijos de la tierra que habitan  Mesoamérica, mucho  antes de la tardía mirada de España y  occidente. 

Como viajeros estudiosos de  su  cultura,  no aspiramos solamente a palpitar el ensueño colonial de sus  calles y monumentos. Queremos ver a Antigua, al mismo  tiempo,  humeante de  copal  e incienso, humedecida en  pétalos de flores por sus antiguos habitantes, ardiendo cirios de unidad bicéfala, tomando  la intemperie entre las manos. Antes. De otra manera; porque el antes le  devolverá el hacer y el  obrar, en  la emoción y el saber  de sus   hijos naturales. A la luz del  día  y de la noche.