Mariano Lerner: la pasión y la fuerza

Por Roger Colom

Una de las cosas mejores que tiene cualquier ambiente artístico en cualquier ciudad del mundo es que, de vez en cuando, uno se topa con un verdadero loco, un apasionado que no tiene otra opción que ser artista. En Buenos Aires he tenido el placer de conocer unos cuantos, llenos de fervor y ferocidad en la creación. Uno de ellos es Mariano Lerner.

Lo primero que hizo cuando nos conocimos fue mandarme a la mierda; yo le devolví el golpe y se abrió la amistad. Hay que ser abierto y sincero con los feroces; si huelen el miedo, se aprovechan o se largan, pero no hablan, no se muestran.

A los pocos días de conocer a Mariano, fui a su taller en Flores. Ahí me encontré con obras que no me interesan para nada y con obras importantes, que dicen mucho tanto de su autor como del mundo en que vivimos. Lo que dicen de su autor es el camino de esa pasión que digo. Sobre el mundo, dejan ver una cosa sobre todo: que la pasión conduce a la creación extravagante, esa que no se ve mucho, por lo difícil que es crear una obra así, por el tiempo que conlleva, por la falta de comprensión a la que invita, por la violencia con la que se instala en la realidad. Una violencia benévola, sin duda.

Y ese es uno de los caminos del arte menos explorados. Siempre se ve por ahí lo fácil, lo rápido, hijo de nuestra cultura instalada en la prisa y en el déficit de atención. Sabiendo esto, sorprenderá si digo a qué se dedica Mariano: hace marcos para espejos.

Parece una tontería y no lo es: a mí tampoco me gusta perder el tiempo. Lo que hace sus marcos tan especiales, que los saca de la repetición en serie de la artesanía, es que cada uno es singular… y enorme. Esos marcos gigantescos, con el espejo en el medio, no pueden más que resultar en un comentario brutal y bello sobre el narcisismo que nos acecha. Pero hay más. Me contaba Mariano que cuando se mete de lleno a tallar, el trabajo de las manos con el cincel y el martillo sobre la madera se convierte (casi, dice) en un rezo. El arte siempre ha sido una oración.

Mariano es arquitecto, de profesión, y eso lo ha llevado a una fascinación por la manera en que se construyen las cosas, la precisión que requieren. Sus marcos encajan en esa categoría de objetos de difícil factura. Cada uno le lleva casi un año de atención prácticamente diaria, mantener la pasión así requiere mucha fuerza interior.

Hablé también con Laura Garimberti, curadora de la Galería Palermo H, donde el 27 de marzo se inaugura la muestra “Celebrando las formas”, que incluye a 49 escultores, además de Mariano. Laura se apasiona también, hablando de la obra de Mariano Lerner: “Me parece que a una persona que se juega por lo que realmente siente, que se juega por lo que le gusta hacer, no le puede salir mal. No es tibio, es contundente.”

Y sigue: “Si alguien más racional se plantea: Para qué lo hago, o quién lo va a comprar, dónde lo va a poner: no lo hace. Entonces no se llega a esta cosa preciosa. Porque la gente filtra, filtra, filtra hasta que termina no pudiendo hacer nada. En cambio, no lo filtró, y mira lo que salió.”

Otra cosa. Las obras de Mariano son, sólo nominalmente marcos para espejos, pero una amiga lo salvó del funcionalismo:  “Que la función la ponga el que lo compre.” Eso es importante: Mariano Lerner aporta una obra con sentido, con belleza, con fuerza, pero tiene la inteligencia para abrir un espacio tanto al espectador como al poseedor de esa obra. Dejar ese espacio abierto al sentido, más que al significado, es precisamente la función del arte.

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