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Mariano Lerner: la pasión y la fuerza

Viernes, Abril 24th, 2009

Por Roger Colom

Una de las cosas mejores que tiene cualquier ambiente artístico en cualquier ciudad del mundo es que, de vez en cuando, uno se topa con un verdadero loco, un apasionado que no tiene otra opción que ser artista. En Buenos Aires he tenido el placer de conocer unos cuantos, llenos de fervor y ferocidad en la creación. Uno de ellos es Mariano Lerner.

Lo primero que hizo cuando nos conocimos fue mandarme a la mierda; yo le devolví el golpe y se abrió la amistad. Hay que ser abierto y sincero con los feroces; si huelen el miedo, se aprovechan o se largan, pero no hablan, no se muestran.

A los pocos días de conocer a Mariano, fui a su taller en Flores. Ahí me encontré con obras que no me interesan para nada y con obras importantes, que dicen mucho tanto de su autor como del mundo en que vivimos. Lo que dicen de su autor es el camino de esa pasión que digo. Sobre el mundo, dejan ver una cosa sobre todo: que la pasión conduce a la creación extravagante, esa que no se ve mucho, por lo difícil que es crear una obra así, por el tiempo que conlleva, por la falta de comprensión a la que invita, por la violencia con la que se instala en la realidad. Una violencia benévola, sin duda.

Y ese es uno de los caminos del arte menos explorados. Siempre se ve por ahí lo fácil, lo rápido, hijo de nuestra cultura instalada en la prisa y en el déficit de atención. Sabiendo esto, sorprenderá si digo a qué se dedica Mariano: hace marcos para espejos.

Parece una tontería y no lo es: a mí tampoco me gusta perder el tiempo. Lo que hace sus marcos tan especiales, que los saca de la repetición en serie de la artesanía, es que cada uno es singular… y enorme. Esos marcos gigantescos, con el espejo en el medio, no pueden más que resultar en un comentario brutal y bello sobre el narcisismo que nos acecha. Pero hay más. Me contaba Mariano que cuando se mete de lleno a tallar, el trabajo de las manos con el cincel y el martillo sobre la madera se convierte (casi, dice) en un rezo. El arte siempre ha sido una oración.

Mariano es arquitecto, de profesión, y eso lo ha llevado a una fascinación por la manera en que se construyen las cosas, la precisión que requieren. Sus marcos encajan en esa categoría de objetos de difícil factura. Cada uno le lleva casi un año de atención prácticamente diaria, mantener la pasión así requiere mucha fuerza interior.

Hablé también con Laura Garimberti, curadora de la Galería Palermo H, donde el 27 de marzo se inaugura la muestra “Celebrando las formas”, que incluye a 49 escultores, además de Mariano. Laura se apasiona también, hablando de la obra de Mariano Lerner: “Me parece que a una persona que se juega por lo que realmente siente, que se juega por lo que le gusta hacer, no le puede salir mal. No es tibio, es contundente.”

Y sigue: “Si alguien más racional se plantea: Para qué lo hago, o quién lo va a comprar, dónde lo va a poner: no lo hace. Entonces no se llega a esta cosa preciosa. Porque la gente filtra, filtra, filtra hasta que termina no pudiendo hacer nada. En cambio, no lo filtró, y mira lo que salió.”

Otra cosa. Las obras de Mariano son, sólo nominalmente marcos para espejos, pero una amiga lo salvó del funcionalismo:  “Que la función la ponga el que lo compre.” Eso es importante: Mariano Lerner aporta una obra con sentido, con belleza, con fuerza, pero tiene la inteligencia para abrir un espacio tanto al espectador como al poseedor de esa obra. Dejar ese espacio abierto al sentido, más que al significado, es precisamente la función del arte.

Juan Bernárdez: Un expresionista de nuestro tiempo

Jueves, Marzo 26th, 2009

Por Roger Colom


Uno de los aspectos más apasionantes de la actual pintura argentina (y mundial) es que uno nunca sabe por donde van a ir los tiros. Nadie sabe ya cuántas veces se ha proclamado y/o lamentado la muerte de la pintura en los últimos 50 años, pero ésta siempre encuentra una manera de volver, de reinterpretar su tradición, de encontrarse de nuevo con la sociedad a la que pertenece.
Una buena parte del proyecto de la modernidad, tanto en la pintura como en otros medios, consistió (para decirlo con brevedad) en un vaciamiento del sentido de la obra, dejando así un recipiente que el espectador debía llenar con su propia interpretación. Al principio esta estrategia estaba llena de peligros, de la excitación que el peligro trae consigo. Desafortunadamente, uno de ellos era la forma por la forma, el recipiente vacío; por contra, los artistas que querían llenar su obra de sentido, no vaciarla, se lanzaron a la revolución social, creando un arte repleto de comentarios sobre la realidad sobre el mundo.
Más difícil ha sido encontrar la estrategia poética; la que no vacía de sentido pero tampoco lo da todo hecho. Creo que una buena parte de la pintura actual se ha propuesto volver por esos fueros.

Hace unos días estuve hablando con Juan Bernárdez (Buenos Aires, 1967), un pintor proveniente del cine y del cómic, artes visuales narrativas donde las haya. Sospecho que recurrió a la pintura porque ese medio le permite lo poético sin la carga y las exigencias en cuanto a un arco narrativo más o menos claro.
Sus pinturas, que aún así mantienen cierta narratividad, están dedicadas al tema lírico por excelencia: el amor. O para usar palabras más contemporáneas, las relaciones interpersonales.
Así, el riesgo del amor, el riesgo de la soledad, compiten como extremos en la representación de sus personajes, hombres, mujeres, que se buscan, se encuentran o no, o se aíslan del entorno para celebrar el hallazgo de sí mismos en el otro.

De las obras expuestas en el Art Hotel, la que más me llamó la atención se titula “Remedio para la melancolía”. ¿Es el arte, es la representación de los/las amantes que soñamos ese remedio, o por el contrario, es la causa? A eso me refiero cuando hablo del ámbito de lo poético, a esa ambigüedad. La ambigüedad no es un camino sin salida.
La estilización de las figuras y los rostros que practica Bernárdez viene de la tradición moderna y sus formas de describir lo que nos ocurre en el anonimato de la ciudad. Y en sus cuadros algo más.
Quizá, como dice él, esa influencia del expresionismo de hace cien años, que buscaba, como hace él también, indagar en lo humano, a través de la potencia de las emociones, dentro del marco hostil de la muchedumbre urbana.

La pintura actual no reniega de ninguno de los caminos de su tradición. En Juan Bernárdez lo que tenemos es un expresionista de nuestro tiempo, con sus soledades, su desesperación urbana, pero en busca del encuentro y la comunidad que abren caminos, tanto estilísticamente como en lo emocional, hacia el sentido. Hacia lo que significa la vivencia humana, que nunca es completa si se da en soledad.